Temibles piratas, feroces corsarios, exploradores y cartógrafos, capitanes de navío, buscadores de tesoros submarinos, incansables navegantes… Los mares y océanos son el escenario de grandes aventuras y nos traen a la mente imágenes fantásticas de esforzados marinos surcando sus aguas. Pero, ¿y las navegantes? ¿No hay mujeres surcando los siete mares? ¿O no se nos ocurre imaginarlas? 

Una de esas mujeres, amantes de la aventura y el salitre, es María Intxaustegi (Donosti, 1989)historiadora, arqueóloga subacuática, buzo profesional y marinera. Ella prefiere definirse simplemente como “un ser humano enamorado de la vida y de la mar”. Aunque quien mejor la define es, sin duda, su sobrina: “Mi tía es exploradora de los siete mares y punto”. Una mirada infantil que, salta a la vista, contiene una gran admiración y, quién sabe, tal vez genere un interesante modelo a seguir.

Para María, el mar significa «absolutamente todo. Trabajo y pago las facturas gracias a la mar, conocí a mi pareja gracias a la mar, me relajo en la mar, me sincero en la mar, vivo en la mar.” Sí, definitivamente, es una persona enamorada del mar o «la mar», como dicen los que viven allí, en medio de las olas, el sol y la sal.

Siendo donostiarra, no podía ser de otra manera: “Mi relación con el mar comienza nada más nacer y no sé vivir tierra adentro, sin sentir el salitre”. En su familia no hay tradición marinera, pero sí comparten esta pasión por el agua salada de diferentes formas. Su madre, a sus 65 años, sigue compitiendo en natación en aguas abiertas y su hermano es un enamorado del surf. 

“Mi relación con el mar comienza nada más nacer y no sé vivir tierra adentro, sin sentir el salitre”
Para vivir la vida de María hay que tener un espíritu fuerte, que resista los embates de las olas y el salitre. Fuente: Instagram @maria_intxaustegi

Pero, ¿cómo se llega a ser marinera? En realidad, María nunca tuvo un plan premeditado para llegar a dedicarse a este trabajo apasionante. Comenzó licenciándose en Historia para estudiar barcos antiguos y, posteriormente, se especializó en arqueología subacuática, por lo mucho que le gustaba el mar. Para ganar algo de dinero durante los veranos, se hizo capitana de barcos y estuvo por el Mediterráneo realizando travesías chárter en veleros y catamaranes. Poco a poco, fue ganando experiencia y obteniendo nuevas capacitaciones y de esta forma, la propia vida fue acercándola a su trabajo ideal. Tanto es así, que «¡si mi yo de hace 10 años supiera que ahora trabajo como guía de expedición antártica en un velero de más de 100 años no se lo creería nunca!», admite sonriente.

Quién sabe si se sorprendería tanto, porque la pequeña María ya soñaba durante su infancia con ser pirata, irse a vivir con las orcas y descubrir dragones. “Creo que, salvando las distancias con lo de los dragones… (Risas) La cosa no ha ido tan dispar”, comenta. Sin embargo, si tuviera que dar un consejo a aquella pequeña sería «que aguantase. Que todas las veces que le digan que siente la cabeza, porque no dice más que locuras, sonría y piense: «Idiota. Vas a flipar de lo lejos que voy a llegar”, sentencia.

“No estoy hecha para vivir ocho horas al día en una oficina. Para mí, la vida está ahí fuera, esperándome con nuevas aventuras”
Junto a sus compañeros, María sigue los pasos de los exploradores polares del S.XX. Fuente: Instagram @maria_intxaustegi

Efectivamente, esta viajera infatigable ha llegado muy lejos hasta el momento, tanto en su carrera profesional como en sus travesías sobre el mar, de miles de millas náuticas. Cada día, María supera las complicaciones que lleva aparejado este oficio, como la interminable búsqueda de financiación para sus proyectos de investigación, la dificultad para compaginar su vida privada con los embarques o la exigente preparación física y psicológica que debe llevar a cabo de cara a sus próximas expediciones. Para ella, sin embargo, no hay otra opción de vida: “No estoy hecha para vivir ocho horas al día en una oficina. Para mí, la vida está ahí fuera, esperándome con nuevas aventuras”, afirma con total convicción.

Estas aventuras la llevaron a convertirse en guía de expedición en la Antártida y, a finales de 2019, a realizar una ruta de homenaje a Fernando de Magallanes, 500 años después de que la hiciera el famoso navegante portugués, atravesando el Atlántico hasta alcanzar el conocido estrecho que lleva su nombre. Un viaje duro, navegando al estilo tradicional, pero lleno de compañerismo, en el que no dejó de aprender cosas nuevas.   

La vida en el mar es un premio, pero el precio a pagar es alto. Las renuncias que implica este estilo de vida son muchas, aunque ya está acostumbrada: «Solo los que somos navegantes por vocación lo toleramos”. María se dedica a su pasión, pero esta dedicación está lejos de ser idílica: «Hay días en los que, sencillamente, quiero despertar en mi cama, abrazada a mi perro, y en vez de eso, tengo que ponerme una ropa empapada y salir a cubierta en medio de una tormenta”, afirma.

Ella está hecha de esa pasta especial común a todos los navegantes. Mujeres y hombres del mar que arrastran consigo una contradicción que define su vida, su esencia: “Eres marino cuando te das cuenta de que perteneces a dos mundos: el terrícola y el marítimo. Y cuando estés en uno de ellos, siempre te faltará el otro. Eres un marino de verdad cuando, a pesar de ello, este estilo tan contradictorio de vida es lo que realmente te hace feliz”, sentencia.

La vida en el mar es un premio, pero el precio a pagar es alto: «Solo los que somos navegantes por vocación lo toleramos»
El "Bark Europa" tiene un siglo de antiguedad y recuerda a los versos de Espronceda: "Que es mi barco mi tesoro, que es mi dios la libertad". Fuente: Instagram @maria_intxaustegi

No suele embarcar más de tres meses seguidos, para no desconectar de su círculo más cercano y, sin embargo, cree que todo el mundo debería, una vez en la vida, hacer una larga travesía y “pasar un mes donde no puedas coger el teléfono, donde tu mundo sea un barco y alrededor solo esté la mar y las estrellas. Donde no haga falta correr, ni pretender ser alguien que no eres, simplemente navegar y saludar al sol todos los días”, explica María. 

Ella sabe mejor que nadie que el mar puede resultar un escenario ideal para conectar con uno mismo en soledad y replantearnos nuestra propia vida. Unas reflexiones que muchas personas tuvieron la oportunidad de hacer hace apenas unos meses, durante la cuarentena. A María le pareció una oportunidad para todos de reconectar con lo que realmente importa, “con la naturaleza, no con el asfalto”. A ella, el confinamiento le pilló en plena travesía y se convirtió en toda una aventura a la antigua usanza.

Volvía del último viaje de la temporada en la Antártida a bordo del “Bark Europa”, un precioso barco holandés de 56 metros de eslora tres palos y treinta velas, “un barco de los de antiguamente”. Al atracar en Ushuaia (Argentina) se enteraron de golpe de que había una pandemia. El puerto estaba a punto de cerrar por este motivo, así que tuvieron que poner rumbo a Holanda, de donde procedía el barco, a velas y sin escalas. Así, los 18 navegantes, de 12 países distintos, que formaban la tripulación tuvieron que navegar sin descanso, con una incertidumbre total, hasta llegar a su destino. Fueron 10.160 millas a lo largo de 81 largos días sin poner un pie en tierra, atravesando todo el Océano Atlántico de sur a norte. María se sintió afortunada: “Estaba en medio de la mar, al aire libre y navegando como se hacia antaño, con los vientos portantes y sin fecha de llegada”, recuerda. ¿Qué enseñanza extrajo de semejante gesta? «Sobre todo, que la voluntad del ser humano es realmente fuerte«, reflexiona.

Durante el confinamiento, el «Bark Europa» tuvo que navegar durante 81 días sin escalas para volver a Holanda, atravesando el Atlántico de sur a norte
La tripulación del Bark Europa, un ejemplo de convivencia e igualdad entre mujeres y hombres. Autor: Richard Simko. Fuente: Facebook María Intxaustegi.

María desmiente que el mar sea cosa de hombres. Está orgullosa de navegar en en el “Bark Europa”, con una compañía formada, en su mayoría, por mujeres: la directora, una de las capitanas, contramaestres, oficiales, marineras… A bordo, la igualdad de género se convierte en una realidad necesaria: «Escasean tanto los arqueólogos competentes y que, además, sean además buzos profesionales buenos debajo del agua, que no te puedes permitir el lujo de pensar en si tiene pecas, pechos, pelo azul o tatuajes. Lo contratas”, sentencia. 

El trabajo que realizan es muy técnico e intenso, tanto física como intelectualmente, ya que tripulan un barco que requiere de muchos cuidados para poder navegar con seguridad. Es evidente que la donostiarra respeta profundamente a toda la tripulación del Europa y admira el liderazgo basado en el conocimiento y experiencia.

Sus numerosas aventuras sobre el agua y bajo ella suenan a escenas de película para las personas ajenas al mundo marino.  De todas, la más especial para María fue navegar por la Antártida y cruzar el pasaje de Drake a vela, que es el más peligroso del mundo, llegando “al continente helado, donde te esperan icebergs, atardeceres que emborrachan tus ojos y unos parajes que no tienen igual en el mundo”, describe con un lenguaje de quien ha pasado largas horas en compañía de los libros. Seguir los pasos de los exploradores polares del siglo XX o disfrutar de navegar entre icebergs es una experiencia que “engancha como una droga”, admite.

En la compañía hay mayoría de mujeres y la igualdad de género se convierte en una realidad necesaria: la escasez de candidatos competentes excluye la posibilidad de cualquier tipo de discriminación 
El lugar de trabajo de María tiene una gran belleza pero sólo es apto para personas intrépidas. Fuente: Instagram @maria_intxaustegi

Una noche, atravesando el estrecho de Magallanes, estaba en lo alto de los palos trabajando, cuando «me paré a observar la vista y, al mirar abajo, vi delfines Commerson bioluminiscentes. Se habrían hartado a comer plancton bioluminiscente y ahora eran ellos los que saltaban, fosforitos, por nuestra proa», recuerda. Una visión realmente hermosa, sólo al alcance de unos pocos.

A pesar de su juventud, la memoria de María está repleta de anécdotas insólitas. Una de ellas tiene como escenario un barco hundido de la Carrera de Indias, en el que estuvo trabajando como buzo una semana completa. «Al lado de mi cuadrícula, había un pulpo con el que jugaba. No se escondía de mí y me estiraba los tentáculos para que le hiciese cosquillas”, explica sonriente.

A nivel arqueológico, ha recuperado del fondo marino materiales fascinantes que ya están expuestos en museos españoles: «Pero no me gusta llevarme el crédito de ello, porque el logro es de todo el equipo», puntualiza.

En una profesión tan extrema, sin embargo, hay también momentos muy difíciles. La mala mar o las tormentas siempre son complicadas, sobre todo si le añades “que quizá deba subirme a lo alto del palo mayor que está a 37 metros de la cubierta, a las 04:00 de la madrugada, en plena oscuridad y con rachas de viento de 60 nudos, porque hay que plegar alguna vela so pena de que se rompa… Y el casco del barco balanceándose de un lado a otro, como en una montaña rusa. Los dedos se congelan del frío intenso, el viento me trae, como cuchillas, la lluvia o nieve, clavándose en las zonas que lleve expuestas y me pregunto, muerta de miedo, por qué tuve que meterme en este tipo de trabajos«. Por terrible que parezca, después de vivir esta situación, baja a la cubierta, se toma un café y piensa: “Bueno, tampoco ha sido para tanto”.

«A veces me toca subirme a lo alto del palo mayor que está a 37 metros, en plena oscuridad, con rachas de viento, el casco del barco balanceándose, los dedos congelados del frío intenso y me pregunto, muerta de miedo, por qué tuve que meterme en este tipo de trabajos«
La mala mar puede crear momentos difíciles a bordo.
Los marinos llevan arneses durante las tormentas. Fuente: Instagram @maria_intxaustegi

No cabe duda de que la valentía y el arrojo forman parte de su carácter. La apasionante contradicción reaparece, ya que, en el mar, tener miedo es igual de importante: “Al mar, como a la montaña, hay que tenerle siempre respeto. El miedo es una herramienta poderosa y necesaria que te hace estar alerta y poder realizar acciones que de otra manera acabarían en desastre”, afirma.

El temor más feroz, sin embargo, no viene de las profundidades: “De la tierra, me dan miedo los humanos. No conozco ser más peligroso”. Un recelo totalmente justificado, que proviene de saber que los océanos que tanto ama se están destruyendo sin remedio: “El uso abusivo de los plásticos, la sobrepesca… Nos estamos cargando aquello que nos da la vida, porque si los océanos mueren, muere todo lo demás”, concluye de forma tajante.

La esperanza es, sin embargo, la que marca su rumbo.  Mira hacia el futuro con la ambición de seguir navegando y cumplir sus sueños. Pronto presentará su tesis doctoral sobre el astillero de La Habana (Cuba) en el siglo XVII y tiene como objetivo atravesar navegando a vela el famoso paso del Noroeste. Y también un viejo sueño que aún no ha podido cumplir: “Navegar con orcas. Siempre que he ido a buscarlas y tenía tiempo para tirarme al agua con botella, ya se habían ido. ¡Venga, este año sí!”, exclama sonriente.

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