Ser gimnasta en Rusia es un sueño hecho realidad. La larga tradición de medallistas y campeonas de gimnasia rítmica, la belleza de los ejercicios, la música, el brillo colorido de la equipación, convierte a las estrellas de este deporte en aclamadas celebridades que firman autógrafos a su paso. Muchas niñas persiguen ese sueño desde los dos y tres años de edad, practicando en escuelas de danza y gimnasia, famosas por su disciplina. Hoy os traemos la historia de superación de una de esas niñas, una gimnasta sobresaliente que logró dejar atrás todo tipo de obstáculos de todo tipo para alcanzar su sueño: ganar el oro olímpico. 

Margarita “Rita” Mamún (Moscú, 1995) comenzó en la gimnasia rítmica muy joven, su madre había sido gimnasta y probablemente le inculcó su amor por esta exigente disciplina. Su padre era un ingeniero naval bengalí afincado en Rusia, hecho que le dio la doble nacionalidad, llegando incluso a competir con Bangladesh (India) en su carrera junior, aunque más tarde lo descartaría en favor de Rusia.

Su trayectoria era sobresaliente, lo que hacía presagiar a sus entrenadores que, con esfuerzo, llegaría a lo más alto.
Margarita compitió desde muy joven. Fuente: Instagram
Su talento y aptitudes eran prometedoras. Fuente: Instagram

Al cumplir los 16 años comenzó a participar en circuitos y competiciones internacionales, consiguiendo resultados prometedores. Su debut profesional tuvo lugar en el Mundial de 2011 de Montreal (Canadá), donde la joven deportista consiguió el bronce en el concurso completo individual. Su trayectoria era sobresaliente, lo que hacía presagiar a sus entrenadores que, con esfuerzo, llegaría a lo más alto. Por otra parte, el talento y las aptitudes de Margarita generaron grandes expectativas dentro de la Federación Rusa de Gimnasia, que se propuso mantenerla compitiendo al mejor nivel, y para ello Margarita debía seguir la dura dinámica de los gimnastas de élite. Más allá de la exigencia propia de estos entrenamientos, Margarita tuvo que sobreponerse a la rigidez del sistema deportivo ruso, y a escenas de gran dureza psicológica por parte de sus entrenadoras, que querían sacar lo mejor de la gimnasta, a cualquier precio. Sin embargo, bajo su aspecto vulnerable, la joven escondía un increíble espíritu de sacrificio y una gran fortaleza, gracias a los que logró superar esta dura etapa. 

Su historia fue recogida por la polaca Marta Prus en su reconocido documental Over the limit (2017). En ella descubrimos a personas claves en el entorno de Margarita pertenecientes al sistema oficial de entrenamiento ruso, como la presidenta de la Federación Rusa de Gimnasia, Irina Viner, y su entrenadora personal, Amina Zaripov.

Bajo su aspecto vulnerable, la joven escondía un increíble espíritu de sacrificio y una gran fortaleza

Para Margarita y sus compañeras, el alejamiento de sus familias era difícil de sobrellevar y solía provocar que las jóvenes deportistas buscasen apoyos entre ellas. Elizaveta, gimnasta y capitana de la selección nacional rusa en 2017, comenzó a entrenar a los dos años de edad y lo explica con vehemencia: “Todos mis amigos y mi equipo están aquí, mis entrenadores son como mis padres”.

El caso de Margarita no era diferente. Con su entrenadora, Amina Zaripov, la joven llegó a crear un vínculo muy especial. Amina fue para ella, en palabras de Margarita «una segunda madre», que derrochaba con ella besos, abrazos y declaraciones de afecto. Fue un apoyo psicológico muy importante para la atleta durante los largos años de entrenamientos al más alto nivel. En las competiciones, mientras la joven esperaba concentrada a que pronunciasen su nombre para salir, Amina la besaba en la espalda, apoyando su cabeza sobre su hombro. Eran un equipo. “Tú no me abandonarás, y yo no te abandonaré”, le decía. Sin embargo, a pesar del apoyo de su entrenadora, la soledad era inevitable en los momentos de mayor presión. “Ayúdame, Dios”– murmuraba la deportista antes de salir a competir, cuando finalmente oía su nombre y comenzaba a andar hacia el tapiz.

Margarita y su entrenadora eran un equipo. “Tú no me abandonarás, y yo no te abandonaré”, decía Amina.
Amina era un gran apoyo psicológico para la atleta. Fuente: Instagram
Margarita y Amina junto a otra gimnasta, María Sergeeva. Fuente : Instagram

Tal era la importancia de esta figura maternal que, durante una época, Margarita llegaría a llamarla «Mamá». Y, como «madre» e hija, compartieron momentos únicos. «Viví su infancia, su pubertad, su primer amor y sus primeros sufrimientos, fuimos y somos un equipo, porque todo lo que atravesamos juntas, solo nosotras, nadie más lo sabe”, diría Zaripov. Además, ella daba a su pupila mucho más que halagos y mimos. Amina sería también la figura que le recordaría la importancia de estar concentrada, de no buscar excusas, de no darse por vencida. En ocasiones, incluso, con dureza.
“¿Por qué te enfadas?”, le dijo en una ocasión, tras una reprimenda por un fallo en su rutina. “Porque soy un ser humano”, le contestó Margarita, quien habitualmente permanecía en silencio, sin mostrar su frustración. “No eres un ser humano. Eres una atleta. Nadie necesita tu rabia”, concluyó la entrenadora.

Por desgracia, Margarita había tenido dos años buenos y aquel, 2016, no estaba a la altura de las expectativas que la Federación y su presidenta, Irina Víner, habían puesto en ella. Esta figura autoritaria y excéntrica parecía salida de una época pasada, haciendo gala continuamente de una total impunidad cuando comentaba los ejercicios de la joven gimnasta: “Necesita trabajar hasta que no pueda tenerse en pie”, decía a su entrenadora. A pesar de sufrir sus comentarios y burlas, Margarita sabía bien que estaba en el camino correcto, y que la mejor estrategia era sobrevivir, seguir adelante, sin permitir que las críticas de Víner, famosa por su mano de hierro, la desmoralizasen.

Irina Víner: “Necesita trabajar hasta que no pueda tenerse en pie»
Irina Víner es conocida en la gimnasia rusa por su mano de hierro. Fuente: Over the limit (Marta Prus, 2017)

Sin embargo, cuando parecía que estaba destinada a ser la primera representante de su país, se vio eclipsada por la irrupción de otra gran promesa deportiva: su compañera Yana Kudryavtseva. A pesar de que en la Federación trataban de fomentar la competitividad entre ellas, las jóvenes se hicieron amigas, apoyándose entre ellas cuando recibían más críticas. Yana era la gran favorita para los siguientes juegos olímpicos, y Mamún recibía la presión de que sería su última oportunidad.

Margarita poseía, sin embargo, la fortaleza de la resistencia, del que recibe golpes sin caerse. O del que cae y vuelve a levantarse. Había construido un muro que la protegía y le ayudaba a contener la rabia y la frustración. El proceso era duro, pero ella sabía muy bien que, si lo superaba, estaría más cerca de su sueño.

Río 2016 era su última oportunidad para competir por un oro olímpico
La atleta nunca dejó de luchar para superar las dificultades. Fuente : Instagram @ritamamun

En estos años fue clave el apoyo de su pareja, el nadador Alexander Sukhorukov, que le llamaba al final del día, le daba ánimos y le arrancaba algunas sonrisas. También fueron imprescindibles las visitas a casa que disfrutaba algunos fines de semana, que le permitían desconectar y ser simplemente ella, una joven que disfrutaba de la compañía y cariño de sus padres y hermano menor. 

En una de aquellas visitas, descubrió que su padre, de 52 años, estaba enfermo de cáncer. Su preocupación y deseo de estar junto a él se tradujeron en constantes llamadas a su madre desde el centro de entrenamiento, donde ya preparaba su participación en las olimpiadas de Río 2016. Su corazón estaba dividido entre su pasión por la gimnasia y la necesidad de acompañar a su padre. Amina era muy consciente de lo que estaba en juego: “Sólo una competición más y se acabó”, le decía. La promesa de volver a casa al acabar estaba presente a cada minuto.

Con cada competición, los juegos olímpicos de Río 2016 estaban más cerca . Fuente: Instagram @ritamamunofficial

El dolor físico hizo también su aparición, algo habitual entre deportistas de élite, mucho más en la gimnasia rítmica. “No hay un gimnasta profesional que esté sano”, le decía Amina, ante sus quejas. Mamún comprendió que si quería alcanzar lo más alto, era necesario superar el dolor y llegar a convivir con él. 

Ya en Brasil, Irina Víner seguía sus entrenamientos por videoconferencia, con su rigidez habitual. El oro olímpico era el sueño de Margarita, pero también descansar, volver a casa y recuperar el tiempo perdido. Finalmente, tras brillantes interpretaciones durante la competición, la joven rusa consiguió, no sólo el oro, sino un nuevo récord olímpico con 76.483 de puntuación. Por fin, había alcanzado su sueño. Una aspiración compartida con miles de jóvenes gimnastas para las que Mamún era ya el referente indiscutible.

Se convirtió en una leyenda para la gimnasia rítmica rusa y mundial, culminando su carrera deportiva con la gloria olímpica
La deportista alcanzó no sólo el oro, sino la excelencia en su disciplina. Fuente : Instagram @ritamamunofficial

A pesar de la satisfacción, para Margarita fue un triunfo agridulce, ya que a los dos días de volver de Brasil a su casa, su padre falleció. Unas semanas después, tras hacer un balance de su trayectoria completa, decidió retirarse de la gimnasia rítmica profesional.

Margarita Mamún se convirtió en toda una leyenda para la gimnasia rítmica rusa y mundial, alcanzando la excelencia en su disciplina y culminando su carrera deportiva de la mejor manera posible: haciendo suya la gloria olímpica. En 2017 se casó con su novio Aleksandr y, dos años después, tuvo a su hijo,  Lev Alexandrovich Sukhorukov. Hoy, la exgimnasta es una joven estrella, aclamada por los medios de comunicación y las redes sociales, que disfruta de un nuevo escenario: el entorno familiar que tanto había añorado.

Actualmente, Margarita es modelo y un personaje público querido en todo el mundo. Fuente: Instagram @ritamamun

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