La muerte de George Floyd ha vuelto a poner sobre la mesa la violencia policial en Estados Unidos, pero también la aún existente discriminación racial en todo el mundo. Durante varias semanas, las manifestaciones han dado la vuelta al globo. Nada ha logrado impedir que cientos de miles de personas salgan a las calles a gritar por los que ya no tienen voz. 

El racismo es una lacra histórica, que nos lleva directamente a la historia de nuestra protagonista, Althea Gibson (Silver, Carolina del Sur, 1927). Una mujer con una determinación increíble, que rompió la barrera del color en el nivel más alto del tenis.   

Althea Gibson.

El infierno estaba en casa

Althea nació en la granja de algodón donde trabajaba su familia,en Carolina del Sur, Estados Unidos. Aún no había cumplido los tres años cuando sus padres, Daniel y Annie Bell, se fueron con ella a Nueva York, Estados Unidos, después de que les acusaran de robar en la plantación. 

Se instalaron en el barrio de Harlem, en concreto en la calle 143, donde el boxeo reflejaba su esencia más pura. Desde muy pequeña, Gibson se interesó por este deporte. Su padre le enseñó a practicarlo, pero de la peor manera posible. Le entrenó como si fuese una boxeadora de competición, con golpes en las costillas y puñetazos. Como las peleas de gallos, casi a diario, Daniel Gibson exhibía a su hija en corrillos (la prohibición del boxeo femenino impidió que Althea pisara los rings). 

La pequeña Althea creció en un entorno familiar de violencia y contrabando. Años más tarde, reveló en su autobiografía, Siempre quise ser alguien, que se había visto forzada a dejar su casa debido a las palizas de su padre

No pisaba el colegio salvo para las asignaturas relacionadas con el deporte, y terminó dejándolo a los 13 años para dedicarse a las peleas callejeras. Durante un tiempo, vivió en la Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los Niños. Pero muchas veces tuvo que dormir en el metro. Se pasaba el día en la calle, robaba para poder vivir. Lo bueno es que era muy lista y tremendamente intuitiva. Un día, fascinada por el parque de atracciones de Coney Island, alquiló una bicicleta, que luego consiguió vender a un ciclista, para poder pagarse el taxi y la entrada. 

En la misma calle en la que vivía su familia, los servicios sociales católicos ofrecían camas a los jóvenes que no tenían dónde ir. Además, en uno de sus programas de apoyo, la policía jugaba durante unas horas con los niños. Es curioso el destino y las múltiples formas que tiene de presentarse; uno de los deportes que practicaban era el paddle tennis, muy similar al mini tenis en Europa. En solo unos meses, Althea consiguió convertirse en la campeona de Nueva York, consiguiendo que el Cosmopolitan Tennis Club de Harlem le ofreciera una plaza junior. 

Con mucho esfuerzo, logró salir, poco a poco, de la mala vida en las calles. Empezó a trabajar, primero de dependienta, después de cajera, en una fábrica de botones y hasta en una de pollos, de la que fue despedida por colarse en un concierto de su cantante favorita, Sara Vaughan. Afortunadamente, la vida da una de cal y otra de arena. Buddy Walker, un músico de la Harlem Society Orchestra, se fijó en Althea durante sus clases de paddle tennis. Vio en ella algo especial, así que le compró dos raquetas y le presentó al boxeador Sugar Ray Robinson, con el que forjó una gran amistad. 

Gracias a Buddy, Althea hizo varios contactos en el Cosmopolitan Tennis Club. Así consiguió que los socios le pagaran las clases del ex tenista Fred Johnson, quien, tras perder un brazo en un accidente, se dedicó a la enseñanza. 

 

La pista era suya

Saltaba a la vista que Althea tenía una relación especial con la raqueta. Sin embargo, como ella misma contaba en sus memorias, nunca estuvo muy convencida: «Realmente no era muy de tenis. Pero siempre quise ser alguien«, confesaba. 

Fuera su pasión o no, en 1942, Gibson consiguió estar en primer torneo de la American Tennis Association (ATA); una federación fundada por deportistas afroamericanos a los que vetaban el acceso en torneos oficiales. 

En la pista no tenía rival. Por desgracia, lo que tampoco tenía era dinero. Gracias a dos doctores afroamericanos, Robert Walter y Hubert A. Eaton, su camino hacia el éxito fue más sencillo. Eaton, ex presidente de la ATA, la alojó en su casa cuando Althea tuvo que mudarse con solo 19 años a Willmington, Carolina del Norte, Estados Unidos. No solo le dio techo y comida, también una educación. Primero la inscribió en la Williston High School y después en la Florida A&M University. 

Indudablemente, tenía el talento y, por fin, la financiación, sin embargo, en la década de los 40, ser buena no era suficiente para una deportista afroamericana. Althea dominaba los torneos entre afroamericanos pero tenía la entrada vetada en los demás, entre ellos el US Open. Por fortuna, la campeona de Wimbledon y en cuatro ocasiones del US Open, Alice Marble, (quien además tenía su propia columna en la revista American Lawn Tennis Magazine) peleó para que aceptaran a Gibson en el torneo: «La entrada de los negros en el tenis nacional es tan inevitable como ha sido en el béisbol, el fútbol o el boxeo. No se puede negar tanto talento. Con el tiempo, el mundo del tenis se levantará en masa para protestar por las injusticias cometidas por nuestros responsables políticos», sentenció en su columna. 

Pese a la primera negativa de la Federación Estadounidense de Tenis, justo el día en el que cumplía 23 años, el 27 de agosto de 1950, Althea pudo jugar su primer torneo de Grand Slam. Acompañada de su ya amiga Alice, Gibson se convirtió en la primera mujer afroamericana en disputar el Campeonato Nacional de Estados Unidos, conocido hoy en día como el US Open y en entrar en el vestuario de las Forest Hills. Fue recibida en la pista entre los vítores de los aficionados, que vieron su aplastante victoria frente a Barbara Knapp. Aunque cayó en la segunda ronda ante la vigente campeona de Wimbledon del momento, Louise Brough, Althea demostró un comportamiento estoico.

Solo un año después de iniciarse en la competición, en 1951, ganó su primer torneo en Jamaica. Ese triunfo le valió una plaza en Wimbledon, convirtiéndose, una vez más, en la primera mujer afroamericana en participar. Entonces, ya contaba con el asesoramiento de Jean Hoxie, para muchos, la mejor profesora de tenis del momento en el país. 

El campeón mundial de los pesos pesados, Joe Louis, financió los sueños de Althea con un billete de avión rumbo a Wimbledon. Y, gracias a un evento organizado por un grupo de empresarios, el ‘Althea Gibson Benefit Show’, recaudó 770 dólares para los gastos de la tenista en Londres. Su presencia en el torneo fue muy seguida por los medios. Al igual que en el US Open, venció en su debut frente a Patricia Ward, pero Beverly Baker le cerró el paso en la siguiente ronda. «Lo positivo es la experiencia que he adquirido», comentó tras su derrota. No pisó ninguna de las pistas principales en los dos partidos que disputó

Su ascenso fue meteórico, en 1952 ya era séptima en el ranking estadounidense. Mientras, compaginaba su carrera con la ‘Women’s Army Corps’, donde se enroló en 1953 para poder tener un sueldo digno. 

Al igual que sus victorias, la popularidad de Althea estaba en alza. Así pues, en 1955, el Departamento de Estado la envió junto con, la también tenista, Karol Fageros a una gira por distintas ciudades europeas y asiáticas. En ese año, ganó 16 de los 18 torneos que disputó. Con semejante marcador a su favor, el destino debía actuar: en 1956 se convirtió en la primera mujer afroamericana en jugar el Roland Garros. Y ganó

Althea recibiendo el premio en manos de Isabel II.

Billie Jean King: «Nunca la vi retroceder»

Pasaron cinco años hasta que Althea volvió a competir en Wimbledon. Muchos hoteles vetaban a personas racializadas. En más de una ocasión, la tenista se vio obligada a vestirse en su coche antes de un torneo. Por eso, la británica Angela Buxton, que conocía de primera mano la discriminación por su condición de judía, (hasta 1952 los judíos también tenían prohibida la participación en el torneo) le ofreció alojamiento en su piso

Solo llevaba dos días en la casa de Buxton cuando el propietario de la vivienda llamó a la puerta: «Creo que tienes una persona negra viviendo en la casa». La madre de Angela, Violeta Buxton, respondió únicamente un «sí» tajante. A lo que el arrendador añadió: «Ha habido quejas en el edificio». Con firmeza, Violeta contestó: «Vuelva con esas personas y dígales que vengan a verme ellas mismas, por favor. Mañana estaré a las dos en punto. Adiós». Y sin tiempo a una posible réplica, cerró la puerta. Nadie volvió a llamar. 

Ningún incidente consiguió que Althea se desconcentrara. Tal y como recuerda la leyenda del tenis, Billie Jean King: «Nunca la vi retroceder». Regresó al All England Club (Wimbledon) como número uno mundial. Junto a su amiga, Angela Buxton, logró la victoria en los dobles femeninos. Su primer trofeo en Wimbledon no pudo ser más especial. 

En la categoría individual no perdió ni un solo set en los seis partidos que disputó. Ante 17.000 espectadores, jugó una final de infarto, que terminó en apenas 50 minutos, contra Darlene Hard. Demostrando una deportividad admirable, Hard parecía tanto o más contenta que la propia Althea. Ambas abandonaron la pista abrazadas. Juntas, se acercaron a la Reina Isabel II, en su primera visita a Wimbledon, para la entrega del codiciado plato dorado de Venus: «Estrecharle la mano a la Reina de Inglaterra tiene detrás un camino muy largo. Antes estaba obligada a sentarme en la sección de color en el bus, y ahora estrecho su mano», recordaba más tarde Gibson en su autobiografía. 

Durante la cena de campeones, por aquel entonces eran los vencedores los encargados de abrir el baile, Althea deleitó a los asistentes con una interpretación a capela de I Can’t Give You Anything But Love, con un precioso vestido florar que su amiga Angela Buxton diseñó. Un detalle más de una preciosa amistad que comenzó por un motivo menos agradable, tal y como recordaba la propia Buxton a los 85 años: «Cuando entré en la pista, los otros jugadores no hablaban con Althea, ni mucho menos jugaban con ella, simplemente porque era negra. Estaba completamente aislada. Yo también lo estaba por ser judía. Así que, fue bueno que nos encontráramos la una a la otra».  

La victoria en Wimbledon la catapultó a la fama. A su regreso a Nueva York las calles se llenaron de desfiles en su honor, algo insólito en la historia de la ciudad. Solo el atleta olímpico, Jesse Owens, había tenido ese reconocimiento hasta la fecha. Althea copó las portadas de varios medios como el Sports Illustrated y el Times, también fue la primera mujer negra en hacerlo

 

«Siempre quise ser alguien»

Cuando parecía estar en lo más alto de su carrera, y después de revalidar su liderato en la considerada como la Catedral del Tenis, Atlhea dejó las pistas en 1958. En un tiempo récord, y con prácticamente todo en contra, había ganado 56 torneos, pero aun así no le daba para vivir: «Ser campeona está muy bien, pero no te puedes comer una corona», denunciaba. 

Tras su retiro, primero decidió dedicarse a una de sus grandes pasiones, la música. No solo como cantante, sino también como saxofonista. Su debut profesional fue ante el mismísimo padre del blues, William C. Handy, durante su fiesta de cumpleaños en el Hotel Waldorf Astoria. Hizo varios cameos en el cine, como en Misión de Audaces, de John Ford. Incluso fue comentarista de televisión. 

Más tarde, en 1964, con 34 años, siguió reescribiendo la historia al convertirse en la primera mujer afroamericana en disputar un torneo de la ‘Ladies Professional Golf Association’ (LPGA). Al igual que en el tenis, no se lo pusieron nada fácil. Varias jugadoras se negaron a competir contra ella, y tal y como pasaba con los hoteles en su época de tenista, muchos clubs le negaban la entrada. Terminó retirándose 12 años después, en 1978. 

Siguió vinculada a varios proyectos relacionados con el deporte y, en especial, con el tenis. Aun la luz que irradió durante toda su carrera deportiva, se sentía sola y apagada en su casa de Nueva Jersey, Estados Unidos. En su documental, Althea, revelan la dura llamada que hizo a su vieja amiga, Angela Buxton, en 1995: «Me dijo que se iba a suicidar», recuerda Buxton emocionada. La tenista más exitosa de su generación estaba en quiebra. Su amiga no lo dudó ni por un momento y, rápidamente, movilizó a varias revistas para conseguir donaciones. Poco a poco, Gibson consiguió salir de su depresión. 

Lamentablemente, en septiembre de 2003, a causa de varias complicaciones respiratorias que arrastraba de un infarto sufrido meses atrás, Althea Gibson moría en Nueva Jersey, Estados Unidos, a los 76 años

En el Parque Flushing Meadows de Nueva York, Estados Unidos, luce un busto en su honor y recuerdo. Sin embargo, varias personalidades del deporte reclaman que la tenista más brillante y luchadora de su época nunca tuvo el reconocimiento que se merecía: «Hasta hace poco, Althea fue una pionera olvidada», comentaba Bob Davis, un reputado historiador de tenis y ex compañero de Gibson, durante una entrevista para la BBC.  

El título de la autobiografía de Althea era toda una declaración de intenciones: Siempre quise ser alguien. Y lo fue. Se convirtió en todo un referente para la comunidad afroamericana en una época en la que el racismo dominaba el deporte y la sociedad. Allanó el camino de grandes estrellas como Venus y Serena Williams, Arthur Ashe o Zina Garrison. Y resulta, cuanto menos, decepcionante, que la única competición que lleva su nombre se celebre en Croacia. 

Si echamos un vistazo al ranking mundial de tenis, las tres lideresas estadounidenses son afroamericanas. Y, en parte, se lo deben a Althea Gibson: una mujer que no solo ganó 11 torneos de Grand Slam, sino que abrió todo un camino para que las afroamericanas que vinieran después pudieran ser reconocidas y brillaran por su talento y méritos en el deporte. 

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