Muchos atletas esconden tras de sí historias de superación y sacrificio inverosímiles. Detrás de cada meta, récord o podio suele haber anécdotas increíbles que, muchas veces, nos dejan atónitos. Sin embargo, la de la atleta Betty Robinson ( Illinois, Estados Unidos, 1911) supera la ficción. 

Betty creció en el pequeño pueblo de Riverdale, justo al sur de Chicago, Estados Unidos. Vivió su adolescencia como una chica normal. Le gustaba tocar la guitarra, actuar en funciones escolares o participar en actos solidarios que organizaba su iglesia. Lo extraordinario de su historia vendría años después. Primero, una tarde en la que casi perdió un tren y, después, un caluroso día de verano donde lo que casi perdió, fue la vida.  

Betty Robinson

El tren que le cambió la vida

Un día después de clase, Babe, como le llamaban sus amigas, se entretuvo más de lo habitual hablando con sus compañeras, sin percatarse de que podía perder el tren de regreso a casa. Cuando se dio cuenta, empezó a correr, como si no hubiera un mañana, y consiguió alcanzar el tren sin apenas cansarse. Parece de película, pero esa carrera le cambió por completo la vida. 

Desde una de las muchas ventanillas del tren le observaba uno de sus profesores, Charles Prices, que se quedó admirado al ver la gran velocidad de la joven. Le parecía algo de otro mundo. Tanto fue así, que en cuanto entró en el vagón le dijo: «Mañana te vamos a cronometrar en los 50 metros»

Fue dicho y hecho. Al día siguiente, Betty se presentó en su colegio en Harvey con sus zapatillas de jugar al tenis y, obviamente, superó con creces la prueba. Su profesor de biología se convirtió en su mentor, y al más puro estilo de Cenicienta, le compró sus primeras zapatillas de correr para que pudiera empezar a competir. Quería que aquella adolescente de 16 años llegase hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928, los primeros Juegos en los que la mujer podía competir en atletismo. 

En una entrevista con Los Ángeles Times en 1984, Betty dijo: “No tenía ni idea de que las mujeres también corrían. Crecí como una chica de campo”. 

Unos meses antes, en marzo de 1928, Robinson corrió su primera carrera oficial. Lo hizo en la distancia de 100 metros. Solo quedó por detrás de Helen Filkey, la atleta poseedora del récord americano femenino en 100 metros; un resultado más que brillante para ser tan joven y llevar tan poco en el deporte. 

En su segunda carrera, esta vez en el Soldier Field de Chicago, igualó el récord mundial con un tiempo de 12 segundos, pero esta marca no fue reconocida oficialmente. Repitió segunda posición en su tercera carrera, consiguiendo así el billete a unos Juegos Olímpicos que cambiarían su futuro. 

 

Ámsterdam la vio volar 

Ámsterdam fue el escenario de uno de los grandes cambios en la historia del deporte femenino: se permitió por primera vez la participación de mujeres en las pruebas de atletismo

Desde los nervios e ilusión de una chica de 16 años, Betty se olvidó las zapatillas adecuadas. A toda prisa, un miembro del equipo estadounidense tuvo que ir al barco donde se hospedaban para cogerlas. Esos minutos de espera se hicieron interminables para Robinson, que hasta consideró correr descalza. Por fortuna, las zapatillas llegaron a la línea de salida, justo antes del comienzo de la carrera. 

Ese día, Betty Robinson demostró al mundo entero que era la atleta más rápida del momento. Consiguió una marca de 12,2 segundos, colgándose el primer oro en la historia del atletismo femenino. Y solo tenía 16 años. 

En las imágenes de la llegada a meta, podía verse a una joven abrumada, rompiendo exultante la cinta. William L. Shirer, un reportero del Chicago Tribune, escribió: «Una joven rubia no burguesa de ojos azules de Chicago, se convirtió en la favorita de los espectadores cuando literalmente voló en línea recta con sus mechones de oro, ganando el título». 

Betty se impuso ante las canadienses Fanny Rosenfeld y Esthel Smith, las grandes favoritas de la jornada. Años después, Robinson confesó cómo se había sentido en ese gran momento: «Recuerdo haber cortado la cinta, pero no estaba segura de haber ganado. Estuvimos muy cerca. Supe que había ganado cuando mis amigas, que estaban sentadas en las gradas, saltaron la barandilla y salieron a abrazarme. Luego, en el podio, cuando vi la bandera ondeando y escuché el himno de América, lloré como una niña«.

Se subió más veces al podio esos Juegos Olímpicos: en la prueba de relevos de 4×100 metros, ganó la plata con el equipo estadounidense. 

La sonrisa de América

Como no podía ser de otra manera, regresó a Estados Unidos como una auténtica heroína. Babe, y el resto del equipo, fueron recibidos por la multitud cuando su barco atracó en Nueva York. Un desfile triunfal siguió por las calles de la ciudad, además de discursos y almuerzos. 

Cuando regresó a Chicago, siguió la cola de desfiles, premios y ovaciones. Tampoco quisieron perderse la ocasión de felicitarla en su pueblo natal, Riverdale, donde le regalaron un reloj de diamantes y una copa de plata. Robinson celebró sus 17 rodeada de elogios y atención. 

Después de la gran locura, Betty volvió al instituto y luego empezó una licenciatura en Educación Física en la Universidad de Northwestern, donde no dejó de correr. En 1929, batió el rércord mundial en 100 metros, 11,4 segundos, en el Soldier Field de Chicago. La presidenta del Comité Nacional de Mujeres de Atletismo, describió a Robinson como «la chica delgada y sonriente de Chicago, que corre tan rápido como un hombre». Por aquel entonces, Betty era toda una sensación. 

Siguió batiendo récords y cosechando victorias, hasta que intervino el destino cambiándolo todo. 

Betty sigue siendo la mujer más joven en ganar un oro Olímpico en los 100 metros

Volver a nacer

El verano de 1931 fue realmente caluroso en Chicago. Con más de 40 grados, los atletas soñaban con poder darse un baño refrescante. Sin embargo, no se permitía nadar a muchos deportista de élite, por miedo a posibles lesiones.

Así que para escapar del sofocante calor de la ciudad, a Betty se le ocurrió dar una vuelta por el cielo con la avioneta de su primo. Al poco de despegar, el motor falló y el avión se estrelló en un descampado al sur de Chicago. 

Cuando los servicios de emergencia llegaron, encontraron el aeroplano humeante con su primo en el interior, afortunadamente, con vida (aunque años más tarden tendrían que amputarle la pierna izquierda por el accidente). Sin embargo, el cuerpo de Betty Robinson fue rescatado entre los escombros, y no respondía a las tareas de reanimación. Tenía el brazo izquierdo roto, la pierna izquierda destrozada y una enorme herida en la frente. Así que, pensando que estaba muerta, llevaron su cuerpo a la morgue más cercana.  

Resulta un tanto irónico, pero, Betty tuvo suerte aquella tarde. El hombre encargado de preparar su cuerpo para el entierro, no tenía prisa por hacer su trabajo. Fijándose mucho le pareció que su cadáver tenía algo raro. Así que decidió llevarlo al hospital por precaución. Allí, los doctores descubrieron que no estaba muerta, sino en coma, aunque con pocas opciones de despertar. Luchando contra el destino una vez más, siete meses después, Betty Robinson volvió a la vida.

«No volverás a caminar»

La recuperación fue especialmente dura para la joven atleta. En la habitación donde se recuperaba, en el Hospital Oak Forest, los médicos le dieron la peor noticia de su vida: «No volverás a caminar, pero debes sentirte afortunada de haber sobrevivido». 

Tenía graves fracturas de cadera y la pierna izquierda muy malherida. Estuvo seis meses en silla de ruedas. Una silla que se quedaba muy pequeña para la mujer más rápida del mundo. Pero no se rindió. Se había perdido la cita con los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, en 1932, pero no iba a dejar que el accidente le arrebatara nada más, y menos la sensación de libertad que le daba correr. 

Como un ave Fénix, resurgió de sus cenizas, peleó ante el constante «no» de los médicos y empezó una durísima rehabilitación para volver a competir. Su nieta, Brook Doire, dijo años después en una entrevista, que su abuela «no era fanática de la palabra ‘imposible’. Cuando le decían que no podía hacer algo, encontraba la manera de conseguir que sucediera para sorprender a los que dudaban. Esto también incluía a los médicos».

A los dos años consiguió volver a caminar. Poco a poco empezó a correr, y en poco más de un año, a cronometrarse. Sus marcas fueron mejorando y pensó que estaba lista para volver. Sin embargo, no podía flexionar la rodilla, y eso no iba a cambiar con la rehabilitación. No podría volver a competir en la prueba que cambió su vida, los 100 metros, porque los corredores arrancan agachados. El espíritu de la joven que alcanzaba trenes a la velocidad de la luz seguía en ella, sabía que tenía que volver. Fue entonces cuando pensó que la única manera de hacerlo sería en el equipo de relevos de 4×100, donde podría arrancar de pie. 

Entrenó como la que más, y en 1936, cinco años después del accidente y de que la dieran por muerta, Betty Robinson se clasificó para sus segundos Juegos Olímpicos.

Ante la atónita mirada de Hitler, el equipo americano se impuso ante el alemán en los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936. Betty Robinson voló por la pista, ayudando a Estados Unidos a ganar el oro.

La antorcha olímpica

Con tres medallas olímpicas y varios récords mundiales, Betty pensó que su carrera deportiva había llegado a su cima. Con apenas 25 años decidió retirarse. Sin embargo, lo suyo con el atletismo era un claro amor, por lo que nunca llegó a desvincularse. Fue cronometradora durante muchos años, dio charlas a mujeres para promover el deporte, y fue entrenadora un tiempo . 

Más tarde se casó, tuvo dos hijos, y se mudó a Glencoe, al noroeste de Chicago, donde trabajó muchos años en una ferretería.

En 1977 entró en el Salón de la Fama del Atletismo Nacional americano. Durante la gala, Robinson dijo: «Supongo que la mayoría de los estadounidenses ni si quiera me conozcan. Corrí hace tanto tiempo, que todavía no puedo creer la atención que recibo». Era una mujer muy humilde, corría por esa sensación de libertad, no por las medallas. De hecho, todos sus logros deportivos estaban guardados en un cajón de un armario, dentro de una caja de dulces. Eso sí, su nieta siempre dice que cuando los enseñaba, lo hacía con mucho cariño y cuidado. 

Con 84 años fue elegida para llevar la antorcha olímpica en los Juegos Olímpicos de Atlanta en 1996. Se negó a permitir que nadie le ayudara a cargarla, ni a que sostuvieran su brazo mientras caminaba. Quería que ese momento fuera solo suyo. 

Y, en 1999, «la sonrisa de América», moría con 87 años por un cáncer, dejando un legado inolvidable (y casi insuperable) en la historia del atletismo femenino. 

Los derechos cinematográficos y su biografía se vendieron hace apenas unos años. Lewis H. Carlson y John J. Fogarty escribieron sobre ella en Tales of Gold, pero todavía queda mucha Betty por descubrir. No sabemos cómo será esa posible película, pero podemos hacernos una idea: una adolescente corre para no perder un tren, y en el momento en el que lo alcanza, su vida cambia para siempre. 

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