Llevan meses en primera línea luchando como pueden contra el virus. Los enfermeros son una de las caras más humanas de la sanidad. Siempre pendientes, atentos, haciendo lo posible – y a veces hasta lo imposible- para que nos sintamos como en casa. 

Sus métodos pueden parecernos patrones obvios de higiene y asistencia, pero no siempre ha sido así. Hoy celebramos el Día Mundial de la Enfermería, que, coincidiendo con su nacimiento, rinde homenaje a su precursora, Florence Nightingale (Florencia, 1820). Transformó el oficio de enfermera y mejoró la atención de los enfermos, en un tiempo donde los hospitales eran un caos de gritos y suciedad.

Retrato de Florence Nightingale

La Enfermería, el gran amor de Nightingale

El nombre de Florence no es una casualidad. Su padre, William Edward Nightingale, un burgués acaudalado, y su madre, Frances Smith, perteneciente a la alta sociedad británica, le bautizaron con el nombre de la ciudad en la que nació: Florencia. 

Siendo aún pequeña, los Nightingale volvieron a Inglaterra. Tanto Florence como su hermana Frances, apenas un año mayor que ella, tomaron clases de griego, latín, geografía o matemáticas. Aunque tenían el privilegio de acceder a una buena educación, no podemos olvidarnos de que estamos hablando del siglo XIX; las pequeñas también se formaron en otras áreas como la costura o el bordado, con un único fin: convertirse en las esposas perfectas. 

Con solo 17 años, Florence, cayó en una depresión nerviosa. En aquella época muchas enfermedades, con las que también convivimos hoy en día, eran imposibles de detectar. Por eso, Florence creyó que se trataba de «el primer llamamiento de Dios». Esta crisis trajo consigo algo bueno: Florence pensó que lo más oportuno sería dedicarse a cuidar de los demás, en lugar de convertirse en la esposa de nadie.

Esa obstinada idea le costó más de un dolor de cabeza a su familia, fiel seguidora de las costumbres de la clase alta victoriana. La decisión de Florence de no casarse, para cuidar de los demás, desafiaba todas las convenciones sociales de la época. Así comenzaba una fila de pretendientes que no obtendrían nada de la joven. Les rechazó a todos: herederos de grandes fortunas, jóvenes de buenas familias…ninguno consiguió cambiar la vocación de Florence. Sin embargo, Richard Monckton, un político bastante influyente de la época, se convirtió en su confidente y aliado y, más adelante, en un miembro de la Fundación Nightingale.

Florence tenía una visión muy diferente del amor, sobre todo teniendo en cuenta que nació en 1820. En una carta a una amiga, Mary Clark Mohl, Florence escribió:  «Estallo de indignación cuando veo a algunas madres o a ciertas esposas que dan prueba de ese egoísmo feroz que se denomina “amor materno” o“amor conyugal”. No, todos deben tener derecho a decir su propia verdad«. Y su verdad era la Enfermería.

«Mi mente está obsesionada por el sufrimiento humano»

Su familia, en particular su madre y su hermana, intentó por todo los medios que Florence no cumpliera su sueño. Para ellas, estaba destinada a cumplir el rol de esposa y madre. Sin embargo, Florence estaba determinada a ser enfermera, incluso llegó a escribir: «Mi mente está obsesionada por el sufrimiento humano, me acomete por todos los lados. Apenas consigo percibir otras cosas». 

No cejó en su empeño, y aun con obstáculos, en 1850, consiguió ingresar en Kaiserwerth, una institución alemana que se dedicaba al apoyo de los enfermos y marginados. Para Florence fue una experiencia decisiva que la llevó a publicar sus vivencias (eso sí, de manera anónima) en su primer libro: La Institución de Kaiserswerth del Rin para el Entrenamiento Práctico de DiaconisasSu estancia en esta escuela luterana formó la base de su trayectoria profesional. 

En 1852, recibió una oferta de una clínica privada de Londres, para convertirse en su nueva directora. El cargo no estaba muy bien visto por aquel entonces, se creía que la asistencia a los enfermos correspondía a mujeres pobres o marginadas, que muchas veces trabajaban en condiciones insalubres. Pero Florence estaba decidida a ennoblecer el oficio. Para ella, todas las clases sociales merecían la misma atención hospitalaria. Por eso, en 1853, aceptó la superintendencia del Instituto para el Cuidado de Señoras Enfermas, en el Upper Harley Street. 

Florence atendiendo a soldados en la guerra de Crimea

La guerra de Crimea 

Cuando estalló la gran guerra de Crimea en 1853, el ministro de Guerra, Sidney Herbert, le pidió a Florence que partiera al frente con un grupo de enfermeras para atender a los heridos. Así que el 4 de noviembre de 1854, llegó a Scutari, hoy convertido en un conocido barrio de Estambul. 

Fue la propia Florence quien formó a las 38 voluntarias que la acompañaron, para ofrecerles a los soldados la mejor atención posible. 

No fue nada fácil la primera toma de contacto con los médicos del frente; no aceptaban las recomendaciones de Florence y se negaban a reconocer su autoridad, pero poco a poco logró imponerse. 

Aquí comienza la gran aportación de Florence a la Enfermería moderna: ordenó airear y limpiar a fondo todas las salas de hospitalización, lavar a los pacientes, cambiar las sábanas, mejorar las comidas…En ese aspecto, contrató a un cocinero francés para que el menú de los enfermos fuera lo más sano posible y hasta dispuso una lavandería para que la ropa y las camas estuvieran siempre limpias. También pidió que se aislaran a los pacientes con una cortina para poder respetar su intimidad, y evitar traumas psicológicos al poder ver la intervención de otro compañero. 

Además, hablaba con los enfermos, les escribía cartas a sus familias y esposas, y se quedaba con ellos en las noches más duras. Por eso los pacientes la bautizaron como «la dama de la lámpara», se acercaba siempre con una vela para aliviar su sufrimiento; incluso cuando ella misma padeció la conocida como fiebre de Crimea.

Con todos estos cambios, la situación mejoró considerablemente en poco tiempo. Su excelente gestión redujo el índice de mortalidad del 42% al 2%. 

Graduación de enfermeras recitando el juramento de Florence en 1947

«Hay que vencer el deseo a brillar en sociedad»

Florence recopiló datos y observaciones durante su estancia en el frente, reflejadas en su libro: Notas sobre la Enfermería

Sus métodos en Crimea fueron conocidos en todo el mundo, otorgándole un reconocimiento internacional. El pueblo y los reyes de Inglaterra la aclamaban, incluso pusieron una estatua suya en el museo de Madame Tussaud. Los periódicos se referían a ella como una heroína, pero ella rehuía de la fama, se negaba incluso a mostrarse en público. «Para ser una digna sierva de Dios, la primera tentación que hay que vencer es el deseo a brillar en sociedad«, afirmaba. 

En 1857 cayó enferma en varias ocasiones, su estado de salud no era nada favorable, pero siguió ocupándose del hospital Saint Thomas. Como precursora de una Enfermería más humana, fundó, en 1860,  la Escuela Florence Nightingale de Enfermería y Obstetricia. A diferencia de sus comienzos, cuando la profesión de enfermera estaba rodeada de estigmas sociales, muchas mujeres de la buena sociedad acudieron para formarse

La reina Victoria la condecoró junto con la Royal Red Cross por su incansable labor, y el fundador de la Cruz Roja, Henri Dunant, le rindió homenaje por sus aportaciones a la Enfermería. 

Florence era una mujer poco convencional, decidida, y recordada por sus pacientes como muy acogedora. Murió un 13 de agosto de 1910, pero su legado será eterno. Gracias Florence.

 

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