Durante casi un milenio, la comunidad eclesiástica, y en concreto los monjes, realizaron un exquisito trabajo de ilustración y caligrafía, transcribiendo el legado cultural de las civilizaciones griega y romana al latín. Gracias a ello, hoy contamos con documentos (en su mayoría anónimos o firmados por hombres) que almacenan sabiduría ancestral, y que de otra forma no habrían perdurado en el tiempo.

Por caprichos del destino, un grupo de investigadoras europeas y estadounidenses han descubierto una prueba más de que las mujeres fueron parte esencial en la transmisión de la cultura durante la Edad Media.

El equipo, liderado por la experta en microbioma humano antiguo, Christina Warinner, se encontraba estudiando los restos de una mujer anónima en el monasterio de Dalheim, al oeste de Alemania. Ante la sorpresa general, los resultados del laboratorio indicaban que esta monja de unos sesenta años, fallecida hace casi un milenio, tenía un material inverosímil entre los dientes: el lapislázuli.

Este mineral era considerado el Santo Grial de la pintura en la Edad Media. Esto se debe a que hasta el descubrimiento de América en 1492, el preciado lapislázuli solo se podía encontrar en lo que ahora conocemos como Afganistán. Dada su inaccesibilidad, el pigmento azul obtenido a partir de este mineral era el más caro en la Edad Media.

¿Cómo llegó este exótico mineral a los dientesde una monja residente en la Alemania rural?
El lapislázuli ​ es una gema de característico color azul ultramar, muy apreciada en joyería desde la antigüedad.

De entrada, el equipo barajó las hipótesis de que la monja usara el lapislázuli como medicamento, o que al besar los manuscritos (una práctica espiritual muy extendida en siglos posteriores), el pigmento se hubiera depositado en sus dientes. Pero estas practicas no se generalizaron hasta siglos más tarde, por lo que dada la falta de rigor histórico, estas opciones fueron descartadas.

Tras meses dando vueltas a la incógnita, las autoras del estudio mantuvieron dos posibilidades plausibles: la anónima mujer fabricaba lapislázuli en el monasterio; o se trataba de una monja escriba que, al llevarse el pincel a la boca para afinarlo, había almacenado restos de lapislázuli en su dentadura.

No es la primera vez que sale a la luz un caso similar. Existen grandes manuscritos, como el Liber Scivias o el Beato de Gerona, en los que se reconoce la colaboración de monjas de manera puntual. A diferencia de investigaciones pasadas, el reciente estudio sostiene que la participación de las mujeres en la transmisión de la cultura no fue un fenómeno aislado.

Se cree que la mayoría de las religiosas trabajaban de manera anónima, dada la particular relación espiritual que tenían con el concepto de humildad. La visibilidad del trabajo femenino en la creación de manuscritos apenas tiene cabida hoy en día. Por suerte, este fortuito descubrimiento podría cambiar la idea de que las mujeres no participaron en la cultura de la época.

Pero esto no es todo. Según el historiador de la Universidad de Harvard, Michael McCormick, nuestra protagonista tenía lapislázuli porque “estaba conectada a una vasta red comercial global que se extiende desde las minas de Afganistán hasta su comunidad en la Alemania medieval.”

En este escenario, hasta ahora inaudito, tenemos una monja artista que, además, comerciaba de manera internacional. Una imagen novedosa de la mujer medieval que abre la puerta a historias que aún están por ser encontradas.

Así lo afirma Christina Warinner: «La historia de esta mujer podría haber quedado oculta para siempre sin el uso de estas técnicas. Me hace preguntarme cuántas otras de estas artistas podríamos encontrar en cementerios medievales, si simplemente echáramos un vistazo.»

Comments

  1. Muy interesante, como he vivido en Chile donde existe este mineral he disfrutado leyendo vuestro relato y sabía lo importante que era en en Egipto pues en ellas se ven los faraones con adornos de Lapiz lazuli 👍🐠👍

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