“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.” Una interesante reflexión del filósofo alemán Wittgenstein, sobre cómo el ser humano construye la realidad que le rodea a partir de las definiciones que hace sobre la misma. 

En este sentido, es interesante preguntarse qué entendemos por el concepto de felicidad y cuál es su definición dependiendo del punto del planeta. La Real Academia del la Lengua Española aporta tres definiciones sobre el asunto:

  1. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
  2. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz.
  3. Ausencia de inconvenientes o tropiezos.
 
El Atlas de la Felicidad
 

La canadiense Hellen Rusell, periodista y autora de superventas como Leap year o The year of living danishly, ha publicado este año el libro El Atlas de la Felicidad (Libros Cúpula, 2019). En él comparte un recorrido alrededor del mundo, a través de treinta y tres conceptos universales vinculados a la felicidad.

Desde el término Þetta reddast, la firme creencia islandesa de que, al final, todo saldrá bien; pasando por Costa Rica y su Pura Vida, que consiste en compartir tiempo con personas de espíritu tranquilo. Cada país tiene su “secreto» nacional sobre cómo lograr un estado sublimado de existencia.

Según los ciudadanos de Okinawa (Japón), la isla con más centenarios del mundo, su secreto es el Ikigai: razón de ser o propósito que da sentido a la vida. Los daneses se inclinan por un término menos trascendental con lo que se conoce como Kalsarikannit, el placer por beber desnudo en casa. Otro término nórdico, acuñado por los daneses para definir la felicidad, es el Hygge o sentimiento de calidez y bienestar.

Tener un ikigai claro da satisfacción, felicidad y significado a la vida.

En Bután, tienen instaurado lo que se conoce como el Índice de Felicidad Nacional Bruta o FNB, indicador que mide la calidad de vida en términos psicológicos y emocionales. Más al sur, en la India, el Jugaad es una filosofía muy arraigada en la sociedad, que representa la creatividad e inventiva de sacar el máximo provecho a todo, para así contentarse con lo que se tiene en vez de buscar algo más.

Por su parte, los sirios patentaron el concepto de Tarab, éxtasis emocional inducido por la música. En relación al vínculo entre música y felicidad, científicos americanos hicieron un experimento con ratones a los que se les ponía La Traviata de Verdi de forma prolongada. Asombrosamente, la esperanza de vida de los roedores que estuvieron expuestos al estímulo musical se multiplicó por cuatro.

El Keyif es un concepto turco que invita a relajar el cuerpo y la mente para alcanzar la dicha personal. En contraposición a esta idea de felicidad sosegada, el pueblo ruso defiende el Azart, que consiste en disfrutar de los momentos efímeros de forma pasional. A caballo entre el Keyif y el Azart se encuentra el término sueco Lagom, que afinca la felicidad en la virtud en la moderación.

De entre los treinta y tres términos universales de felicidad que recoge el El Atlas de la Felicidad, resulta especialmente interesante el Ubuntu: Yo hallo mi valor en ti, y tu hallas tu valor en mí”. Este concepto sudafricano tiene que ver con la sensación de interconexión entre los seres humanos. La creencia en un vínculo humano universal fue un sentimiento muy presente para Nelson Mandela, activista contra el apartheid, que dedicó su vida a mejorar la situación de miles de sudafricanos.

El Ubuntu forma parte de la ética sudafricana.
Cuarteto de la felicidad
 

“La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”

(Henry Van Dyke, escritor estadounidense)

 

Dejando a un lado la lingüística, y la reflexión abstracta sobre la felicidad, ¿es posible explicar este sentimiento científicamente? Para la neuro-ciencia, la felicidad es un estado de ánimo bioquímico fruto de la interacción en nuestro cerebro de cuatro sustancias: endorfina, serotonina, dopamina y oxitocina.

La investigadora estadounidense Loretta G. Breuning, autora del libro Habits of a happy brain (Hábitos de un cerebro feliz), explica la razón de por qué estos químicos segregados por el sistema nervioso central nos hacen sentir bien, y cómo activarlos conscientemente.

Un componente esencial en nuestro estado de ánimo es la serotonina, un antidepresivo natural conocido como “la hormona de la felicidad”. Este neurotransmisor es el encargado de regular los principales procesos biológicos del ser humano como el sueño, el apetito, la temperatura, la sexualidad y las emociones.

Según el neurocientífico Alex Korb, existen factores genéticos que inciden sobre los niveles y la producción de serotonina, pero podemos incrementarla con dos estrategias combinadas. La vía comportamental: dormir bien, hacer ejercicio, reducir el consumo de alcohol, azúcar y alimentos procesados, o exponernos a la luz del sol. Y la psicológica: evocar recuerdos felices, compartir tiempo con nuestros seres queridos, o mantener la mente relajada.

Por otro lado, las endorfinas, péptidos opioides endógenos que funcionan como neurotransmisores, estimulan las zonas del cerebro donde se generan las emociones placenteras. Son producidas por la glándula pituitaria y el hipotálamo durante la risa, el dolor, el ejercicio, la excitación, el consumo de alimentos picantes o de chocolate, el enamoramiento, el orgasmo, actividades en grupo, o ver películas tristes, entre otros.

Otra sustancia determinante para el bienestar es la dopamina. Este mensajero químico del cerebro se considera el centro del placer, pues regula la motivación y el deseo, haciendo que repitamos conductas que nos proporcionan beneficios.

El principal enemigo de la dopamina es el estrés, mientras que la calidad del sueño, el ejercicio físico regular, o la meditación, aumentan el índice de esta sustancia. Además, podemos incrementar su presencia estableciendo objetivos a corto plazo y recompensando su consecución.

Por último, la oxitocina, “hormona del amor”, es la responsable de que amemos, seamos fieles, compasivos, amables, o de que las mujeres puedan parir y tener leche materna, entre otras muchas funciones. La presencia de esta hormona en el embarazo y la infancia son determinantes para el desarrollo adecuado del niño. El sentimiento de exclusión social es uno de los mayores adversarios para esta hormona. En cambio, dar un abrazo, ser solidario, escuchar a los demás o ser generoso son formas naturales de equilibrar los niveles de oxitocina en el cerebro.

 

Actividad neuronal bajo microscopio.
El amor es la respuesta
 

Tras haber analizado el concepto de felicidad a la luz de diferentes prismas, podemos apreciar que los términos abstractos que definen la felicidad en diferentes partes del mundo, tienen mucho que ver con el comportamiento de las sustancias químicas de nuestro cerebro. Un entramado de ideas en constante evolución, que hace frente a uno de los grandes misterios de la vida: la felicidad.

Y, aunque aún queda mucho por conocer sobre la felicidad, actualmente un proyecto nacido en Harvard es la aportación más relevante a esta cuestión. Después de 80 años de investigación minuciosa sobre el recorrido vital de 814 personas, la conclusión final es que amar es el sustento de la felicidad, la clave es saber dar y recibir amor.

En palabras de uno de los directores de este prestigioso estudio, George Vaillant, psiquiatra y profesor estadounidense en la Escuela de Medicina de Harvard: «La clave para un envejecimiento saludable y feliz es la calidad de nuestras relaciones interpersonales.”

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